Città Aperta — Blog de LoCUS UPM

Città Aperta - Blog de LoCUS

New Babylon Nueva Babilonia Constant LoCUS UPM

Planificar un espacio invisible

En los más de 10 años que lleva el ‘smartphone’ en nuestros bolsillos, esta tecnología está probando que puede transformar el uso que hacemos del espacio de nuestras ciudades. Para los urbanistas no es una cuestión menor, pues éste es el objeto de nuestra disciplina. Se dice que estamos en una época de ‘revolución tecnológica’. Sin embargo, todavía es pronto para saber si es tal la revolución como para transformar el urbanismo, pues en su historia las anteriores revoluciones tecnológicas (Revolución Agraria, y la Revolución industrial) cambiaron radicalmente la estructura funcional del espacio urbano, así como nuestra forma de entenderlo y planificarlo. Nuestras herramientas de planeamiento parecen haber quedado ancladas en aquella Revolución Industrial; adornadas con ciertos mantras que, aun siendo necesarios, no han resultado revolucionarios. De todos ellos, esta reflexión se centra en “la inteligencia” como leitmotiv de lo que algunos denominan la ‘smart city’.

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Ciudad Abierta

El 8 de noviembre se celebra el Día mundial del Urbanismo (del town planning, literalmente del “planeamiento urbano”), lo que debería al menos servir como pretexto para volver la vista hacia nuestras ciudades, pero sobre todo al propio planeamiento urbano que es lo que parece conmemorarse, celebrarse, o al menos ser digno de llamar la atención por un día. La humanidad vive hoy en un sistema de asentamientos que no podemos sino calificar de urbano, basado en ciudades: ciudades hermosas y no tanto, ciudades seguras y peligrosas, contaminadas y congestionadas o limpias y eficientes, ricas y pobres, justas y desiguales, atractivas o perfectamente ignoradas. En casi todas, estas características muchas veces van por barrios, no existen (con carácter general) ciudades homogéneas, y en todas conviven a pocos metros lo mejor y lo peor. Nuestras mejores ciudades a veces lo son mejor aún de como fueron concebidas, si lo fueron, y las peores muchas veces peor de lo previsto en el caso de que alguna vez fueran previstas; y ciudades o fragmentos de ciudad que sólo aparentemente nunca fueron objeto de planificación alguna pueden ser hoy espacios de calidad o casi insalubres para albergar una mínimamente digna existencia humana. Ojo, esto podría ser, y de hecho sistemáticamente es, utilizado para desprestigiar o totalmente deslegitimar cualquier forma de planeamiento, cualquier forma de acción urbanística. Desde nuestra perspectiva como, sobre todo, urbanistas, independientemente de nuestra mayor o menor especialización sectorial, no podemos permitirnos dar alas a la mínima tentación liberalizadora. Porque la trampa de la liberalización se apoya, necesariamente, en la ignorancia de la historia, en la amnesia, porque es precisamente la historia la que debería desmontar cualquier tentación al respecto. Porque seguimos, dos siglos después, planificando la mayor parte de las veces para corregir las disfunciones del pasado, las disfunciones de nuestras liberales ciudades industriales cuyos efectos perversos fueron, en su día, sistemáticamente denunciados, desde Engels a Henry George; y también ignorando que muchos de los grandes logros de nuestro habitat urbano serían inconcebibles sin la afortunada síntesis de teoría y praxis, concepto espacial y planificación de procesos en la base de la Ciudad Jardín, sin la que lo que nos rodea sería inconcebible.

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Inferno Javier Ruiz LoCUS UPM

«Inferno»

En la Divina Comedia, Dante sitúa las Malebolge, “bolsas del mal”, del Canto XVIII del Infierno en un lugar que describe con una precisión extraordinaria, y que remite, de manera inequívoca, a la forma circular del Castelo Sant’Angelo de Roma y al puente del mismo nombre sobre el río Tíber. La fecha de la acción es también precisa, entre la navidad de 1299 y la semana santa de 1300. En el Canto, “como los romanos que por la muchedumbre del Jubileo hacen pasar por orden a la gente”, los miserables condenados son obligados a cruzar el puente y discurrir por las calles aledañas en una extraordinaria formación: de un lado, todos dan la frente al castillo, y del otro todos van hacia el monte, siendo cruelmente azotados por demonios cornudos armados de grandes fustas para garantizar el orden. Salvo por las cornamentas demoniacas, la escena dantesca está, diríamos ahora, inspirada en hechos reales. El poeta fue testigo directo, un peregrino más, del primer Año Santo de la historia del cristianismo, declarado como tal 1300 por el papa Bonifacio VIII. Necesitado, como muchos de sus predecesores, de llenar las arcas de la institución, Bonifacio tuvo la feliz idea de prometer el perdón completo a los peregrinos que, tras la confesión, visitaran Letrán y San Pedro, lo que en la práctica supuso que durante unas semanas hasta 200.000 peregrinos hicieran un recorrido impuesto que necesariamente colapsaba, al menos, el paso por el puente. El pontífice, valga la redundancia, no sólo puede ser considerado pionero de la turistificación de la ciudad por el turismo de masas (John Julius Norwich, en Los Papas. Una historia, nos dice que en algunas basílicas los párrocos tuvieron que rastrillar las ofrendas y limosnas), adaptando modelos de peregrinación masiva como Jerusalén (aquí con el suplemento cruzado de turismo de aventura o experiencia) o La Meca, sino además de los modelos de organización del tráfico para ordenar la movilidad de las mismas. Los servicios técnicos del muy terrenal papa Bonifacio fueron pioneros en pintar líneas en el suelo del espacio público y vincular ordenanzas de movilidad a las mismas para mejorar tanto la fluidez como la seguridad del movimiento de los miles de peatones que colapsaban los itinerarios entre basílicas.

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Caida muro Berlin

En defensa de la ciudad

Según una definición clásica de Sjoberg, la ciudad es una “comunidad de considerable magnitud y de elevada densidad de población que alberga en su seno una gran diversidad de trabajadores especializados no agrícolas amén de una élite cultural”. Se use esta conceptualización u otra (hay muchas para un objeto tan poco abarcable como la ciudad), todas ellas insisten en la diversidad, la variedad, en definitiva, en la complejidad, como una de sus características diferenciadoras. Es más, es éste el elemento que permite la gran aportación de las ciudades: su capacidad como polo de innovación y conocimiento, la existencia de esa “élite cultural” que en el mundo antiguo se enclaustraba en las ciudadelas del poder pero que cada vez más se ha ido haciendo más difusa. La ciudad, abierta, libre, frente a la ciudadela. La complejidad permite un flujo de información rápido que es caldo de cultivo de la innovación. Y que sólo parcialmente puede ser reemplazado por las redes tecnológicas. En las grandes sedes corporativas, las nuevas ciudadelas de esta época, que están proliferando extraordinariamente sobre todo en el ámbito anglosajón, han “descubierto” que la existencia de una cafetería puede mejorar la productividad. El contacto cara a cara es insustituible.

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