La necesidad de “cercanía” de muchos en tiempos de coronavirus ha plagado las redes sociales de iniciativas cuanto menos variopintas. Una de las que más ha llamado mi atención ha sido la de utilizar las ‘stories’ de Instagram, etiquetando a contactos para darles a conocer. La mayoría de estas cadenas humanas maquillaban su verdadero pretexto del flirteo en tiempos de aburrimiento y movilidad restringida bajo el leitmotiv de “jugar con el algorimo” de uno de los gigantes de internet. Superada una primera impresión de cierta vergüenza ajena, lo naif de estas artimañas le despiertan a un servidor cierta ternura. Imagino que el algoritmo está muerto de miedo al ver que la gente utiliza la red social para cumplir con su función de darse a conocer —nótese el sarcasmo. Al mismo tiempo motivan una reflexión sobre la “mediatización de la proximidad” que me gustaría plantear en este texto para lanzar una advertencia sobre el urbanismo basado en el ‘big-data’.

Lo primero es clarificar ‘a qué me refiero con mediatizar la proximidad’ sin que un texto corto adquiera la dimensión de una disertación. Lo resumo en una frase seguramente imprecisa: la mediatización es la intervención de los medios de comunicación en toda relación humana —incluyendo la propia percepción de la proximidad. Quien quiera pelearse a fondo con el término, le invito a leer “The Mediated Construction of Reality” escrito por Nick Couldry y Andreas Hepp donde desgranan las implicaciones de una sociedad actual profundamente mediatizada —advierto que no es lectura ligera.

Aunque la mediatización de la proximidad a la que me refiero en el ejemplo es más social que espacial (como reducción del número de contactos de distancia entre individuos), no somos las personas los únicos que podemos tener un perfil en una red social. Puede tenerlo casi cualquier comercio, desde la farmacia de la esquina, hasta la fábrica de prensados de hormigón en la Carretera Nacional. También lo pueden tener los equipamientos, parques, plazas y jardines… hasta por satírico que parezca en este punto del texto, un aseo público. Son lugares urbanos, y por ello no les atribuimos más humanidad que la de sus usuarios, ni más relación de cercanía que nuestra distancia espacial con éstos —o la percepción de tal distancia.

Casi cualquier red social o plataforma digital de búsqueda de lugares puede también jugar con nuestra percepción de la distancia en el espacio físico. Mediatizar la proximidad es por tanto alterar la percepción de la distancia a un lugar. El “juego del algoritmo” es un despliegue de artimañas para hacernos percibir que aquello que está ‘un poquito menos cerca’ es en verdad lo más cercano.

Aceptamos (o no nos oponemos lo suficiente) que todos nuestros desplazamientos están monitorizados y cuantificados —quien no lo crea, que vea los últimos estudios del INE, el mapa que acompaña este texto, o mi “Panoptismo estelar”. Confiamos en la recomendación de Google Maps, Facebook Places, Foursquare, Yelp o Trip Advisor de visitar los mejores parques y museos de cualquier ciudad que visitamos, teniendo tanta información, quizás nos conozcan mejor que nosotros mismos. Y aunque nos cueste creerlo, la mayoría de la población prefiere recurrir a su teléfono móvil para encontrar un establecimiento cercano en vez de preguntar a cualquier persona que pasa por su lado. La popularidad de los lugares urbanos, al igual que las personas, también pueden medirse en base a una cuantificación de “likes”, la afluencia como una superposición de trazas GPS, y la apariencia como una colección pública de fotografías. Con ello, el mapa urbano que posee una plataforma es en apariencia infinitamente más detallado que cualquier guía turística, cartografía impresa, o percepción subjetiva, pero ¿es más fiable?

Sé a ciencia cierta que la farmacia más cercana a mi casa es la que está en la plaza junto a la que vivo. Sé que la distancia real desde mi portal hasta la puerta de esa farmacia es de 53 metros. Sé que esa farmacia tiene un perfil en todas las plataformas antes nombradas. Entonces, ¿por qué ninguna plataforma me confirma ese dato si busco “farmacia” desde mi casa? Porque por defecto, la mayoría ordenan los resultados de mi ‘malintencionada’ búsqueda por “relevancia”, y tengo que encontrar por mis propios medios el menú correcto para que las ordenen por distancia. Si para algunas la “relevancia” es más importante que la distancia a la hora de acceder a un comercio de proximidad, para otras es más importante que acuda a aquel que ya ha visitado una amiga mía —a pesar de encontrarse a 3km de mi domicilio.

Si pruebo a buscar esa industria que antes mencionaba, probablemente ninguna de las plataformas me devuelva un solo resultado, pues probablemente nadie haya decidido notificar de su existencia, y por tanto ese lugar urbano directamente no existe en el ciberespacio urbano. Irónicamente, el único resultado que he obtenido ordenado por distancia ha sido el aseo público, pues muy probablemente ya estuviera cartografiado en una fuente de datos abierta.

Voy ahora a ponerme ahora en la piel de un comerciante y comprobar si tengo opción de “jugar con el algoritmo”, o si por el contrario es ‘el algoritmo’ quien dicta las reglas del juego de lo que existe y está cerca. Encuentro un estudio que dice que “2 de cada 3 usuarios de Facebook acceden a información sobre establecimientos cercanos en la plataforma”, y otra página instándome a invertir dinero en mejorar mi visibilidad ayudando a que otras personas encuentren mi negocio. Foursquare todavía es más agresiva en su sitio empresarial, mostrando frases de la talla de “reclama los datos de tu negocio” (pues otra persona podría haberlo cartografiado y por tanto gestionado tu derecho a la visibilidad o privacidad online); “sé el primero que vea la gente. Asegúrate de que los clientes potenciales te visiten a ti, no a tu competencia. El 78% de las personas que buscan en forma local a través del teléfono realizan una compra”.

Mientras que la distancia euclídea a un lugar es una medida objetiva y fácilmente medible. La “relevancia” se asemeja más a una ‘caja negra’ en la que el capital parece inclinar la balanza. La proximidad; enmascarada bajo otros términos, es por tanto un valor mediatizable, y en consecuencia capitalizable.

Con este pequeño juego me gustaría llamar la atención a los cada vez más urbanistas que confían en la objetividad de las plataformas digitales para construir descripciones urbanas basadas en la ingente cantidad de información descargable de internet. No caigamos en la trampa de un juego que tiene muchas más aristas de las que nos inclinamos a pensar. En mi opinión, el método basado en datos de redes sociales no deja de ser un acto de fe, como lo es preguntar a varios lugareños o explorar la ciudad por uno mismo. Entre muchas otras artimañas, el mapa descargable desde cualquier plataforma digital no se ha elaborado con el propósito de informar objetivamente de lo que existe en la ciudad, sino para que aquellos que puedan permitírselo, pujen por parecer más cercanos al visitante de lo que en realidad son.

Se da por tanto una situación interesante. Para conocer el espacio verdaderamente próximo, y por mucho que viva en un distrito archicartografiado digitalmente, el único medio organizado por distancia a mi ubicación es el propio espacio urbano —material, tangible, visible. Bajar a la calle y percibir que la farmacia del ejemplo está al lado de casa, y que además hay dos terrazas y un ebanista, e incluso una tienda de discos antiguos al doblar la esquina —además de organizado intuitivamente, también tiene el mayor ‘ancho de banda’.

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