En 2005, el guitarrista angelino Ry Cooder publicó Chávez Ravine, su primer disco después de poner patas arriba el panorama musical con Buena Vista Social Club. Un punto de interés de este concept álbum, que dirían los anglosajones, es que es un retrato histórico de uno de los más importantes procesos de gentrificación llevados a cabo en la ciudad de Los Angeles. En efecto, Chávez Ravine fue una barriada surgida en los suelos vírgenes comprados en 1844 por Julián Chávez, barriada que se desarrolló a lo largo de un siglo y muy especialmente tras la segunda guerra mundial: un enclave multicultural donde convivían familias de origen mexicano, filipino y chino con blancos y negros en barrios como La Loma o Palo Verde, alrededor del Elysian Park, pulmón de la zona. En estos barrios se desarrolló un ambiente mestizo, donde la cultura mexicana se fundía con aportaciones del resto de las comunidades, y donde los talleres y comercios locales convivían con gimnasios de boxeo en los que jóvenes de grupos diversos daban lugar a una cultura común.

«En el Auditorio Olimpic,

Quedaban bien por la gente.

Nunca hicieron enemigos,

Peleaban honoradamente.»

La demanda de vivienda de la posguerra hizo que las autoridades pusieran la vista en el barrio, situado cerca del Downtown L.A. y bien comunicado con éste, para construir un desarrollo de vivienda social. Ello inició, no sin protestas, los procedimientos de expropiación. Pero, a causa del fervor anticomunista de los años cincuenta (la América de McCarthy, Hoover y Nixon), los planes para construir vivienda obrera de bajo coste no tardaron en sustituirse por un plan para construir un barrio de clases medias altas con una guinda, que aterrizó como objeto volante no identificado en Palo Alto: el nuevo estadio de baseball de los Dodgers, equipo propiedad del poderoso Walter O´Malley, en su polémico traslado de Brooklyn a Los Angeles.

«Cuando vuelvan de la guerra,
Todo el barrio han destrosado.
Que para hacer un estadio
Que nombraron Chávez Ravine.

Gran promesas les hicieron
A mis pobrecitos viejos.
Sólo quedaron recuerdos
Que no se olvidan con el tiempo.»

Lo que un día fue un paraíso para la clase popular, unos campos elíseos, un Shangri-la para pobres, fue en casi toda su superficie convertido en un gigantesco aparcamiento para el estadio, donde había bullicio urbano pasó a haber sólo desnudo asfalto. Cooder no creció en el barrio, sino en Santa Monica, pero recuerda en sus desplazamientos al centro en tranvía cruzar por “un viejo y dilapidado mundo en miniatura, de extrañas casas victorianas, árboles ancianos, y viejos que no siempre hablaban inglés”. Aunque, reconoce, apenas llegó a pisar Chávez Ravine, la búsqueda de sus propias raíces no podía sino llevarle a este lugar, ya sólo memoria arrasada por los bulldozers.

Como en Buena Vista Social Club, Cooder crea un álbum coral, cediendo protagonismo a las historias y los personajes del Chávez Ravine original. No es, nos dice la portada, a Ry Cooder álbum, sino an album by Ry Cooder. Chávez Ravine convierte músicas diversas, desde baladas teatrales a lo Kurt Weill a corridos mexicanos, pasando por jazz latino y son cubano, en un retrato homogéneo y excitante de lo que en su día fue el barrio.

Como el caso de Kurt Bois, el maravilloso actor-cantante que hizo su último papel en Himmel über Berlin (Cielo sobre Berlín, 1987) de Wim Wenders (que luego filmaría con Cooder el documental sobre Buena Vista Social Club), Chávez Ravine incluye las últimas interpretaciones del gran acordeonista texano Flaco Jiménez y de Lalo Guerrero, el padre de la música chicana, que cantaba en los años cuarenta con su grupo, los Cinco Lobos, en clubs míticos como La Bamba o El Capital, inmortalizados por el género noir en su variante L.A. Junto a ellos, una ristra de artistas de profunda raíz local, como la familia Arvizu, repasan con Cooder en inglés y castellano el proceso de sustitución del popular Chávez Ravine por las Ranchos de Chávez Estancias, urbanización “cerrada, patrullada, controlada, exclusiva, restringida”. Cooder se pregunta: “¿quién querría vivir allí? Yo no”. Sólo los gabachos que querían “agringar nuestro barrio”.

El U.F.O. era la emisora de radio de música latina de Chávez Ravine, que permitía sobrevolar las noches angelinas con una banda sonora popular. Como un platillo volante, venido de otro mundo, el estadio de los LA Dodgers aterrizó sobre las casas y se las llevó por delante, junto a sus moradores. Pero quedan los recuerdos ….

«Viejo barrio, Barrio Viejo,
Que en mi infancia te gozé.
Y con todos mis amigos
Iba descalzo y a pie.

(…)
Pobrecito viejo barrio.
Cómo te debe doler
Cuando en nombre del progreso
Te tumban otra pared.»